COLDPLAY: LA MÁQUINA DEL TIEMPO.
Este post se lo debo a dos grandes y queridos amigos, Annette Barriola y a Luisja Funes, que sin saberlo me movieron a escribirlo. No es una reseña periodística, es una página arrancada de un diario que no llevo.
Para Ney, Gaby y Kae.
Hace diez años me vine por un año a Europa, en una suerte de sabático. Aún el ipod no había nacido. Todavía iba a las tiendas de discos a comprar música. Escuchaba los cd’s de arriba abajo y de abajo arriba. Dejaba los temas en repeat. Durante ése año varios discos marcaron mi estadía en Catalunya y en Inglaterra: Abbey Road, Amnesiac y Parachutes. El último, era el primer larga duración de una “bandita londinense” que prometía ser genuina y talentosa. Sólo había visto un video en el que un hermosos chico rubio corría con un poncho por una lluviosa playa inglesa, cantando: “for you I bleed myself dry;” qué puedo decir, fue amor a primera vista.
Parachutes lo devoré, fue entre otras cosas, el soundtrack de un profundo amor a distancia fracasado, y también el sonido de un año inolvidable. Cuando regresé a Venezuela a seguir la universidad, en un aula totalmente distinta porque había congelado el semestre, me encontré con gente nueva y maravillosa, entre las que se destacaron tres chicas, que también habían vivido Parachutes y que rápidamente se convirtieron en amigas de la vida, para toda la vida. Coldplay nos había unido y pronto lanzarían su segundo disco.
En el verano del 2002 estaba en una Virgin Store de la hermosa ciudad de San Francisco. Ahí me compraría varios discos de los cuales recuerdo algunos clásicos como: Rubber Soul, Revolver, un compilado de Bob Marley y Gladiators, y el que no puedo olvidar con facilidad: “A Rush of Blood to the Head.” La primera canción que dejé en repeat en ésas vacaciones, no fue “Clocks”, ni “The Scientist”, fue “Green Eyes,” y sin seguir el orden de sus tracks fui escuchándolo detenidamente, una y otra vez, pensaba que estos chicos de Londres serían los herederos de mi banda favorita: Radiohead (vaya si me equivoqué, el amor es ciego).
Cuando volví a clases, al imborrable quinto semestre de carrera, mis niñas Ney, Gaby y Kae estaban igual que yo, así que en nuestros “breaks de estudio” escuchábamos Coldplay y fantaseábamos que hacíamos remakes graciosos de alguno de sus videos, y cómo no, con Chris Martin y Guy Berryman.
A diez años de estos recuerdos vuelvo a estar en Europa, pero mucho ha cambiado. Ahora con Ipod, Itunes y Spotify, consumiendo música sin darle tanto a repeat. “La bandita inglesa” se convirtió en COLDPLAY, una agrupación en mundialmente conocida, que sin duda, decidió heredar el legado de U2, y no el de mi predilecta agrupación de Oxford, asumiendo toda la rimbombancia comercial que ello amerita y que hizo que me desencantara de ellos.
Pero por todos los recuerdos, se me hacía imposible dejar de ir la presentación que hicieron el miércoles 26 de octubre en la Plaza Las Ventas de Madrid, de su último álbum Mylo Xyloto. Y tengo que confesar que no me arrepiento, porque además de ver una puesta en escena excepcional, un despliegue en el escenario brutal, y un experimento interactivo dirigido por el admirable cineasta Anton Corbijn, el cuarteto liderado por mi crush eterno, desde su entrada al escenario hizo que viajara en el tiempo, que me trasladara a ésos momentos que atesoro en mi memoria y los reviviera vívidamente. Mis niñas no estuvieron físicamente conmigo, pero (y con todo lo cursi que sé que suena), me acompañaron a un concierto que por hora y media me hizo sentir la felicidad de otros tiempos, sorprendiéndome con los temas viejos de ésos dos discos que son parte de la banda sonora de nuestra existencia. Gracias a Coldplay por hacer lo imposible posible: viajar en el tiempo, diluir un océano y sentir cerca a mis queridas niñas.
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