Arden las Nubes
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Dedicado a mis Papás y a la UCV.
Una tarde de agosto mi tía María Auxiliadora me recoradaría que de pequeña jugaba a ser reportera, también me dijo que hacía obras en las que dirigía a mis primos para “divertir” y –de seguro- hacer reír a la familia. Pero algo que nadie ha tenido que recordarme nunca es cómo fantaseaba y soñaba con vestirme de toga y birrete. Mi sueño era graduarme y ponerme la peculiar ropa con la que he visto en innumerables ocasiones a mis padres que se han dedicado a hacer carrera académica. Su vida ha sido enseñar y estudiar, estudiar y enseñar.
Y es así como mi propia existencia se la debo a la UNIVERSIDAD. Mi origen seminal, literalmente, proviene de la Universidad Central de Venezuela, fundada en 1721, siendo la casa de estudios más antigua de Venezuela. Por los pasillos de lo que es hoy el Palacio de las Academias, situado en el centro de Caracas, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, Andrés Bello y Francisco de Miranda discutían las ideas de los filósofos que marcaron el pensamiento republicano, que de Francia a América, contagiaron a una generación de vanguardia a luchar por tres valores fundamentales: la igualdad, la libertad y la fraternidad.
En el siglo XX la sede de la Universidad cambió gracias a un proyecto de grandes dimensiones que llevaría a cabo el extraordinario genio de la arquitectura: CARLOS RAÚL VILLANUEVA. En pleno esplendor de la modernidad nacería la Ciudad Universitaria, un campus enorme y multidisciplinar, en donde las artes escultóricas y pictóricas se convertirían en pieza clave de su identidad. Villanueva se apoyó del talento de los laureados Alexander Calder, Jean Arp, Víctor Vasarely, Wifredo Lam, Fernand Léger, y Henri Laurens para crear en ésta, su obra más relevante, “la síntesis de las artes.”

No es fortuito que en el año 2000 la UNESCO la nombrara PATRIMONIO MUNDIAL DE LA HUMANIDAD, y sin duda, uno de los rincones más extraordinarios de la Ciudad Universitaria es su Aula Magna. Lugar en el que además de celebrarse las graduaciones con las que tanto soñé de niña, se llevaban a cabo discusiones trascendentales sobre el panorama mundial y nacional, se debatían leyes de la constitución, se cuestionarían asuntos de la arquitectura formal e informal del mundo; pasarían por su púlpito figuras como Néstor García Canclini para analizar esos fenómenos etnográficos que hacen tan peculiar a nuestra región. Incluso Fidel Castro, sin uniforme, haría un discurso de horas cuando llegara Chávez al poder. También cantaría la leyenda del rock argentino Charlie García luego de pedirle vox populi una línea de cocaína a su roadie para poder empezar a cantar, y Jorge Drexler aprovecharía la acústica de las “Nubes de Calder” para cantar a capella “Al Otro Lado del Río” tema que le dio el Óscar de la Acaemia al soundtrack de “Historias de motocicleta” . La lista sigue, sin embargo, mi memoria, y existencia se quedan cortas para mencionar todas las cosas que han sucedido en este recinto.
Pero hay algunas que no son tan trascendentales para el mundo, como para mí. A parte de mi acto de grado, en el que por fin vestí de toga y birrete y tuve el honor y la fortuna de recibir la medalla de comunicadora de mano de mis queridos y admirados padres, también atesoro los recuerdos de haber celebrado los actos de fin de curso y de navidad durante el kinder-garden y la primaria. Evidentemente no podíamos llenar la sala, (tiene un aforo de 2700 personas), los padres orgullosos no ocupaban ni la cuarta parte de la sala, pero igual iban emocionados a ver a sus hijos hacer algún baile típico descoordinado para celebrar la culminación del año escolar. Los que estudiamos en el CEAPUCV (en pocas palabras, el colegio de los hijos de los profesores de la CENTRAL), vivimos nuestra infancia, adolescencia y comienzo de la adultez en la UCV. Crecimos y nacimos en la Universidad, muchos como yo, son el resultado de un amor que comenzó en los pasillos de las columnas imposibles de Villanueva, mientas estudiaban, o mataban el tiempo debajo de algún árbol de apamate del jardín botánico.
Por eso hoy no pude dejar de llorar cuando me enteré que un grupo de salvajes, de impresentables, para borrar los resultados de las elecciones de los representantes estudiantiles, intentaron quemar el Aula Magna de mi Universidad, de mi casa, del lugar que me enseñó que el espíritu crítico y el pensamiento plural son motores de la evolución de una sociedad; que izquierdas y derechas pueden convivir y llegar acuerdos a través del debate, de la tolerancia. Un lugar donde ricos, pobres, clase medias, estudiaban juntos en las mismas aulas, se conocían, conversaban en el cafetín, hacían siestas en alguna gramita, y poco a poco, sin darse cuenta se hacían amigos inseparables.
La “Central” siempre ha sido un espejo de lo que pasa en Venezuela, por eso la rabia me invade, me entristece, me indigna: el irrespeto, la imposición y la violencia son los estandartes de esta revolución que nada tiene que ver con la generación de la vanguardia que leía Rousseau, Voltaire, Diderot, Montesquieu, Locke, Helvetius y Grotiu, ésa que nos liberó hace siglos. Hoy lloro porque volvemos a estar oprimidos, no por una corona, sino por un par de botas.
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